miércoles, 22 de febrero de 2017

Sobre libros, caricias y el asombro

-Pst... ey, sí, vos... soy yo, leeme...

El atrevido me llama desde aquí al lado, sobre mi escritorio. Sí, es solo un libro, solo papel, pero como todos los libros de papel cobra vida cuando se siente feliz, temeroso, aventurero, atrevido, enigmático, raro, intenso, demandante o, como en este caso, abandonado.

Si algún objeto tiene voluntad propia, ninguno como el libro. Algún desprevenido podría pensar que es solo un objeto inerte, pero no: contiene historias. Y las historias le dan vida, así como el libro le da vida a las historias, porque las contiene. Contenido y continente, indivisibles, entrelazados en una simbiosis artificial que opera tan naturalmente que asombra a algunos y asusta a otros, los insensibles.

-Dame un rato. Termino esto que estoy haciendo y te abro -le respondo.

Pero casi sin darme cuenta mis pensamientos me llevan a otras ideas, otras historias que me invento.

-¿Y qué pasa -me digo-, qué les pasa a mis libros, unos acostados, otros de pie, todos mezclados, que conviven en mi biblioteca? ¿Será que el Capitán Ahab espera a la deriva en un mar calmo a que yo continúe con la lectura, mientras Moby Dick da rondas, mansa, en torno al bote? ¿Será que hago vivir, en mi demora, tanto a Dorian como al retrato en un eterno presente? ¿Será que Alicia permanece en caída eterna, que Casaubon se aburre en la permanente espera de la noche inminente, que Arregui y Molina perpetúan su noche, Fabio Cáceres su partida, Erdosain su revolución?

Especulando con algunas respuestas a tanto interrogante vuelvo a sumergirme en mis labores.

Me fastidia tener que distraer mis pensamientos y ponerme a trabajar, pero al mismo tiempo me hace feliz la idea de que aquellas historias y sus continentes continúen allí, a la espera de la caricia de mis manos y el asombro de mis ojos, incansables.

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