sábado, 26 de septiembre de 2015

Barcos en tierra

La calma estalla
mientras las luces oscurecen todo.
Inunda la sequía
el vasto plano de una mota que se adhiere al agua.
Mientras tanto, 
la marcha de nadie se vacía de penas en alma,
y los barcos anclan
en los campos del interior de las ciudades.
Nadie de por aquí
está presente en su imponente ausencia.
Todos investigan
mientras simulan estar distraídos con otras atenciones. 
Y la vida sigue,
deteniéndose a cada paso de un camino que no es.

Leído en la apertura del programa 245

viernes, 25 de septiembre de 2015

Que me queda

Saltando de cornisa en cornisa
a través del denso aire
húmedo y neblinoso,
sigo el juego del silente 
enamorado
que se sabe liado
por el frágil hilo 
que une viento y roca,
sueño y despertar,
dunas y pinares,
elementos de a pares,
soledades de a miles,
y el silencio del viento.
¿Se sabe vital el agua,
dorado el oro, 
necesaria la sal,
fresca la brisa que corre en verano?
¿Se conoce a sí misma 
la tragedia que transcurre
en el escenario?
¿Se traslada por su cuenta
el río que se desangra en el mar?
Y yo, mientras sé que me sé,
como un amasijo de pretensiones 
que duermen en el banco 
más raído de la plaza,
hago como que me pregunto
para olvidar que ya sé la respuesta. 
Seguramente el denso aire
no será capaz de sostenerme ni saber.
Esa es la pequeña alegría
que me queda.

Leído en la apertura del programa 256

viernes, 18 de septiembre de 2015

Jamás un monstruo hablará de otro monstruo.

En la variante cortazariana de la mitológica ave Roc, el odio filial pone a un monstruo a hablar de otro monstruo. Pero confieso que, luego de haberlo meditado largamente, creo que no deberíamos ser tan desconsiderados como para suponer que todos los monstruos cometen semejante acto de traición.

Es más: yo apoyaría fervientemente la idea de que jamás un monstruo habla de otro monstruo porque es seguro que desde pequeños aprenden a no hacerlo, y van confirmando tal tradición de leyenda en leyenda y de turba en turba, a medida que las van sufriendo.

Sería lógico, luego de tantas epopeyas y de tanto combate con igual cantidad de héroes, de tantos viajes a lo inhóspito y desconocido, y de tanto nacimiento extraordinario por lo épico y entreverado, que fuera así.

¿Cómo irían a quebrar ese monstruoso acuerdo cuando un Dante, por poner sólo un ejemplo, convirtió a algunos en guardianes del infierno? ¿Quién no se llamaría a silencio ante semejante destino? Echar raíces en el imaginario culposo de la humanidad como entidades agazapadas y listas a pegarle a cualquiera un buen susto en algún bosque, río, fuente, mar o isla, es una tan ardua como inmerecida tarea.

Pero claro, antes y después de Ctesias, Plinio y Herodoto siempre habrá panonios, pigmeos o cinocéfalos encontrándose para un trago en humana fantasía con Endriago, el Patagón o el Cerviferno.

Y tal vez Gilgamesh y las sirenas y los centauros y las arpías y el basilisco, y hasta un ogro y un licántropo seguirán haciendo de las suyas entre libros ajados, cátedras eruditas y floridas ignorancias. Pero podríamos asegurar con bastante certeza que jamás un monstruo hablará de otro monstruo.

Leído en la apertura del programa 268.

sábado, 12 de septiembre de 2015

Únicamente la pelusa

Guerra contra la corrupción.
Guerra contra las adicciones.
Guerra contra inflación.
Guerra contra la deserción escolar.
Guerra contra la corrupción.
Guerra, guerra, guerra.
Como que nos gusta esa palabra.
Guerra.

Y los medios, tomando parte en esa guerra, en su repugnante mezcla de celulosa y bits nos convencen de que los pobres roban porque son pobres, los ricos roban porque son ricos, los políticos roban porque son políticos.

El tipo de a pie va entonces y se revuelca en el mismo barro, y roba discretamente un clip de la oficina mientras elude multas de tránsito al ritmo de su también discreta corrupción de cada día, en un resignado y curioso modo de tomar las armas porque finalmente también cree que la única opción es la guerra.

Pero lo cierto parece ser que la única guerra real es la que libramos contra nuestra propia estupidez. No habría otras, probablemente, de no haberles permitido convencernos de que somos tan inteligentes como para mirar únicamente la pelusa de nuestro propio ombligo.

Leído en la apertura del programa 243.

sábado, 5 de septiembre de 2015

Deseantes

Migrar es inherente a la especie humana. Por aquello del instinto de conservación de la especie, etcétera.
Se compara el entorno con uno diferente y, como suele suceder, aquel otro es mejor, más brillante, de mejor suerte.
Lo cierto es que tal vez sea la única y dura ocasión en que el hombre se da cuenta de que se salva en masa y no individualmente.
Entonces emigra buscando un futuro mejor para encontrarse solamente con un pasado que no es peor pero es algo.
La triste noticia no es que alguien muere inmigrando sino deseando.
Podríamos mirar alrededor, entonces. 
No hace falta ir muy lejos para ayudar a los deseantes en la difícil tarea de migrar.

Leído en la apertura del programa 242