viernes, 19 de septiembre de 2014

Haz

El perdón ciego no es perdón, y ocultar bajo la alfombra no es olvidar.

Porque las cosas y los tiempos suceden del mismo modo en que los fotones se agrupan en un haz de luz para finalmente iluminar la oscuridad.

Y como suele decirse: no se puede cubrir el sol con la mano.

Leído en la apertura del programa 193

domingo, 7 de septiembre de 2014

Naturaleza inversa

El gusano está asustado porque le rodearon la manzana.
Y una cebra se enamora de la senda peatonal.
El sapo no convence a una princesa desencantada.
Y la mosca que cayó en la sopa era sólo una obsesión.
Las hormigas extrañan a Möbius y lo culpan a Escher.
Y la gallina que quiere ser primera quiebra los huevos.
Un mono está empeñado en ser mejor que Shakespeare.
Y una serpiente se suicida comiendo su propia cola.
El gato está pensando en probar que su dueño cae parado.
Mientras el perro espera a que un auto lo corra a él.
El caballo está triste porque no lucen sus dientes.
Y el burro se duerme y sueña con ser pequeño, peludo, suave.
El elefante teme no recordar y se ata un hilo en su pata.
Y el chancho le busca sin suerte la ranura al hombre.
El pez distraído muere ahogado al salir a jugar.
Y el toro matador arroja a la tribuna la oreja del torero.

Leído en las aperturas de los programas 192 y 286.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Frente a sus ojos

-Qué extraño, -pensó al sentir esa particular mezcla del frío acero penetrando con fuerza masculina por su espalda con la tibia línea de sangre corriendo hasta su muslo- dicen que en momentos como este uno ve pasar toda su vida frente a sus ojos. Sin embargo, yo solo puedo verla a ella y pensar en ella.

La idea no pudo menos que dibujarle una sonrisa en el rostro, mientras caía y a pesar del dolor.

-¿De qué te ríes? -vociferó al notarlo, el perpetrador.
-Eso es algo que también te robé -le dijo, y cerró los ojos.

Leído en la apertura del programa 195

martes, 2 de septiembre de 2014

Medicina para mi pterodáctilo

Aunque es sabido que el género se extinguió hace ciento cincuenta millones de años, mi nuevo amigo el pterodáctilo parece ignorarlo: se posa en el balcón de mi ventana todos los días al atardecer. Un poco por la altura -un balcón en el piso veinticinco frente al parque está suficientemente alejado de los ruidos de la calle y las miradas entre aterradas y curiosas de los vecinos- y otro poco por los trozos de pescado que comencé a dejarle apenas noté su presencia, día a día fue ganando confianza hasta aceptar mi cercanía.

Confieso que la hilera de dientes cónicos que decora su pico y la imponente imagen de sus alas abiertas a pleno cuando se posa en la baranda -a simple vista podría calcularle metro y medio, dos metros de envergadura- me intimidaban bastante al inicio de nuestra relación. Digo relación, por llamar de algún modo a este encuentro y sortear así el abismo de millones de años que existe entre nosotros. Pero finalmente noté que, bien alimentado y cuidado, no representaba sino una compañía curiosa y amigable.

Aquel día en que llegó lastimado yo noté enseguida que algo andaba mal al ver el esfuerzo que le tomó alcanzar el borde de la baranda. Primero pensé en un accidente: se habría enredado con los cables del trole o con los de luz. Pero luego noté las mordeduras. Evidentemente, el grado de domesticación que había alcanzado en su incursión diaria a mi balcón lo había llevado a acercarse demasiado al parque -tal vez para beber agua de la enorme fuente central- en dónde, los vecinos lo sabemos, vive una gran cantidad de perros callejeros que, seguramente envalentonados en la jauría, atacaron a mi amigo jurásico. Suelen no intimidarse ante nada. 

Cuando lo llamé a Darío, el veterinario que vive en el 5to. B, reconoció luego de sobreponerse del susto de la primera impresión, que no había adquirido en la universidad los conocimientos necesarios para atender a semejante bestia. Con total naturalidad me pidió el celular y llamó a su amigo David el paleontólogo -quién en menos de diez minutos estaba tocando el timbre del portero- y juntos elaboraron de buena gana, entre asombrados y extasiados, un diagnóstico y su tratamiento.

Ahora mi visitante de cada tarde se ha convertido en un amigo convaleciente que requiere de mis cuidados y anotaciones, reloj en mano, para no olvidar darle su medicina.

A veces me consuelo pensando que podría haber sido peor. Que fuera un gato, por ejemplo.