miércoles, 29 de enero de 2014

Verano gigante

(Escrito y leído por Raúl Astorga para nuestro programa.
¡Gracias, Raúl!)

El tipo asociaba el verano con el rock desde tiempos inmemoriales, entonces se le había hecho costumbre, hábito, carne la idea de andar por la calle con una radio portátil que además de contar con recepción AM / FM, se ajustaba a exacta medida del bolsillo trasero izquierdo de su jean. De allí hacia arriba, el cable del auricular estéreo. 

Ese día fue una experiencia única, alucinante, que ni en Villa Gesell en los setenta había experimentado. No le creía demasiado al locutor, que entre tema y tema insistía en confirmar los 45 grados de sensación térmica. No le creía. No. Incluso cuando vio con sus propios ojos que la portátil despedía humo y un aroma desagradable, mientras el gabinete se deformaba entre sus dedos. 

Masticando bronca y tristeza en partes iguales, escuchó al extraño que bajaba de una camioneta con una mujer que asentía ante la sentencia, tal vez colofón de una lúcida conversación llevada a cabo en la refrigerada cabina:

-"Menos mal", decía el extraño, "que esta ola de calor se dio en verano, que te agarra de vacaciones y te podés poner cualquier cosa."

Y subrayó con el cierre de la alarma. 

Leído en la apertura del programa 159

jueves, 16 de enero de 2014

Ella en el piano

Se sentó y puso su atención en las teclas. Yo puse entonces mi atención en ella.

Sus dedos rozaban cada nota intentando recordar aquella vieja melodía de cine. Mientras tanto, aproveché su descuido una vez más y comencé a observarla con atención. Aunque confieso que mirarla es ya casi una obsesión de mi parte.

El piano obedecía a su toque del mismo modo que suele hacerlo mi corazón a su sola mirada. Cada nota dibujaba la melodía, haciéndola reconocible y convirtiéndola en el acompañamiento perfecto para mi embelesamiento.

Y así fueron avanzando los acordes, los minutos y mis latidos.

Definitivamente, es una gran artista. Nadie acompaña a mi alma cuando le canta, como lo hace ella.

Leído en las aperturas de los programas 166 y 296

miércoles, 15 de enero de 2014

Pero cuando muere un poeta

A Don Juan Gelman (1930 - Ayer)
Un ingeniero se muere, deja un puente.
Entonces vamos y lo admiramos, ahí está él.
Decimos: qué bello puente, es tan resistente, ¡y qué moderno!
Y un pintor va y se muerte y deja un lienzo.
En Tal museo nos admiramos de su obra.
Contamos: qué inspiración, es tan firme ese trazo, ¡qué bello!
Lo mismo si se muere un médico o un inventor o un herrero:
queda una marca en algún sitio y ese es su legado.
Y partimos raudos a venerar su obra
en el exacto lugar en que haya quedado.

Pero cuando se nos muere un poeta es diferente:
sus palabras no adornarán una plaza pública sino a nosotros.
No las encontraremos en una cuenta bancaria y tampoco en un museo.
Tanto buscar una mirada, tanto acompañar al dolor.
Tanto perseguir imposibles a la luz de una vela sin pisar este suelo.
Nunca fue en vano para el poeta tanto rosebud y tanta quimera.
Y tanto canto, y tanto cielo, y tanta bondad, y tanto celo.
Y tanta sed, alma, muerte, fatalidad, dolor, consuelo.
El poeta pervive en su legado de palabras:
en nosotros quedan sus versos.

Leído en la apertura del programa 158.

viernes, 10 de enero de 2014

Aconteció en el Almacén de Recuerdos

Lo miró de arriba abajo y luego le clavó la vista con intención intimidante. Su voz se tornó algo gutural cuando finalmente decidió hablarle, cosa que le resultó agradable por lo oportuna:

-Sus historias no tienen cabida aquí.

El Remendador Oficial dijo esto y percibió al momento la desazón en el rostro del Fabricante de Historias, razón por la cual se llamó a silencio. Hubiera sido doloroso insistir con otros argumentos. Después de todo, su tarea era únicamente la de remendar y se vería bastante favorecido con mucho tiempo libre si aquellas historias no ingresaban al Almacén de Recuerdos, actualmente bajo su administración. No habría qué remendar.

El Remendador Oficial quedó entonces a la espera de una disculpa en un hilo de voz por toda respuesta. Sin embargo, lo que escuchó a continuación lo sorprendió, de tan vehemente:

-¿Y qué hace un Remendador manejando los destinos del Almacén de Recuerdos?

El Fabricante, aunque por distintas razones, también se asombró por su propia respuesta, pero le complacía el haber tenido finalmente el valor suficiente para decirle exactamente lo que pensaba al respecto.

-Y no me voy a arrepentir justamente ahora-, se dijo para sí.

No sin picardía, encontró en la expresión en el rostro del Remendador la confirmación de aquello de que no hay mejor defensa que un buen ataque.

-Bueno, -respondió el burócrata- debo confesarle que yo me hice la misma pregunta cuando me nombraron para el cargo. Finalmente hallé la respuesta por mí mismo, por simple observación: eran tantas las historias viejas, repetidas y aun copiadas que llegaban a este mostrador que ya no alcanzaba con un Archivador Oficial y ni siquiera con un Clasificador Oficial: se hacía necesario un Remendador de alto escalafón, uno que tomara esas ajadas y decrépitas historias ya contadas y les hiciera un remiendo como la gente. Por suerte me eligieron a mí, y aquí me ve, haciendo mi trabajo. 

El Remendador dio por terminada la conversación, satisfecho por la claridad de su respuesta. Pero el Fabricante insistió:

-Pues mis historias son todas nuevas. No necesitan ni el más pequeño de los remiendos. Debería usted admitirlas por Mesa de Entradas.

Por primera vez desde que había comenzado su conversación con el Fabricante, el Remendador Oficial no supo qué responder. Acostumbrado como estaba a admitir y almacenar las historias recibidas únicamente después de remendarlas, la sola idea de tener entre sus manos historias nuevas le producía vértigo. Y luego, el temor: ¿qué haría sin historias que remendar? ¿perdería su puesto? ¡qué horror!

Sin inmutarse, seguro de su conquista, el Fabricante de Historias comenzó a relatarle al Remendador sus historias más frescas y fragantes. Algunas de ellas muy hermosas, otras llenas de dolor. Eran todas ellas, para el inesperado oyente, historias nuevas.

Tímidamente al principio pero con una creciente satisfacción a medida que los relatos avanzaban, el Remendador Oficial agradeció cada una de las historias.

-Tal vez -se dijo a sí mismo- el secreto de una buena historia no esté en cómo luce, sino en el lugar que ocupa en nuestro Almacén de Recuerdos.

Por primera vez se le ocurrió la idea de que se puede ser feliz con cualquier historia mientras sea una buena historia. Entonces se levantó de su sillón, se quitó el delantal de gris burócrata y le dio la vuelta al mostrador para sentarse junto al Fabricante, quien continuaba con el relato de sus historias.

El Fabricante de Historias nunca le confesó, por supuesto, que algunas de ellas ya habían sido contadas miles de veces. Relatar una historia, cualquier historia, era para él como contarla por primera vez.

viernes, 3 de enero de 2014

Milagro

Blanco, negro, verde o rojo.
Cielo, distancia, proximidad y perdón.
Sol, arena, viento y una luz.
Pinto, dibujo, escribo y también recuerdo.
Ventanas, laberintos, puertas sin cerrojos.
Una escalera al cielo o un puerto pirata.
Un guión de película o una historia de vida.
Suelo fértil, tierra reseca,
Y sin embargo, un árbol.
Todo fue, todo es, todo será.
¿Veo sueños que abren muros?
¿O muros coloridos que siguen siendo muros?
Me detengo, observo y decido:
El milagro está en la mirada.

Leído en las aperturas de los programas 156 y 311