viernes, 27 de diciembre de 2013

El año que termina

Año que se fue rápido, este.

Yo sigo con mi vieja costumbre de no hacer balances -esa cosa culposa muy a nuestro estilo argentino que se parece mucho a la de tomar café con edulcorante luego de una cena pantagruélica. 

No se puede parar; sólo sirve continuar y crecer en lo que fue bueno y arreglar -o abandonar- lo que no sumó, aportó o cumplió su ciclo. Porque la dinámica de la vida no sabe de calendarios, sólo continúa.

Nadie moriría en Navidad, si no.

Así que, haciendo honor a algunas convicciones que me sumó la docencia, sostengo también en este plano de la vida eso de que la evaluación es parte del proceso -se evalúa a medida que se va viviendo, por caso. 

Se trata de la vida, y la vida es eso: a veces lo hago bien, a veces simplemente la pego, y las más de las veces he necesitado de un salvavidas a tiempo, y gracias a Dios llegó. 

Tuve de todo esto este año, como para no aburrirme: me gradué, escribí mucho, trabajé bien, viajé, conocí gente increíble y recuperé afectos perdidos en el tiempo. Se me cayeron algunos proyectos, otros llegaron a buen puerto con éxito y ya desde el inicio comienzo el nuevo año con varios proyectos más.

Toda esta perorata es simplemente para desearles un buen año que comienza a todos quienes me brindan cada viernes y desde hace 5 años, el placer de compartir este espacio y su amistad.

Leído en la apertura del programa 155

viernes, 20 de diciembre de 2013

Laberinto

Es un laberinto sin entrada ni salida.
Creo recordar que entré en él durante un sueño.
O tal vez me equivoque y en realidad he nacido allí.
La cuestión es que no he hecho más que caminar entre recodos y sendas desde que recuerdo.
Y aunque Marechal sabía de laberintos, no pude usar aún su estrategia de escape porque no doy con el arriba.
Tampoco con el abajo.
Así que no tendré cielo pero tampoco infierno.
Sólo un laberinto.

Leído en las aperturas de los programas 160 y 274

miércoles, 18 de diciembre de 2013

A plena luz

La tierra celebra la lluvia abriéndose a ella y devolviendo en foresta la gentileza dispensada.

Más tarde el sol y el aire le darán continuidad a aquella danza en la que los elementos, a la manera de instrumentos vitales, desgranan la sinfonía multicolor que al tiempo crean y sostienen.

El hombre, mientras tanto y distraídamente, anega, encierra, pavimenta, refracta, pisotea, aniquila. Eficaz lacayo por mandato de las sombras, juega un juego que no le es propio. Y pierde, siempre pierde.

Releo y quisiera escribir, "el hombre celebra la vida abriéndose a ella y devolviendo en más vida la gentileza dispensada."

Tal vez se pueda reescribir esta historia, si es que empezamos a jugar un juego nuestro, propio, uno en el que ganemos todos, y a plena luz del sol.

Leído en la apertura del programa 154

viernes, 13 de diciembre de 2013

Cine mudo

Una película muda. Un piano desafinado que salpica notas mal habidas desde el viejo disco de 78 RPM.

La imagen súbitamente se nubla, se oscurece, se acelera y al fin se detiene.

La luz blanca ilumina la pared que ahora se ve sucia, nada puedo hacer. Algún día, cuando tenga tiempo y me venga en ganas, dedicaré mi esmero a quitar esas manchas.

Hay varios rollos desparramados por la habitación. Todos ellos cuentan una historia, muestran algunas caras que desde la pantalla anticipan la furiosa nostalgia del devenir.

Dan ganas de quemarlos, pero lentamente y de a uno. No sea que aquellos fantasmas tomen forma en el humo y sea difícil enfrentarlos a todos, tan nostálgicos como están.

Pero no, me siento nuevamente en el sillón, no sin antes cargar otra cinta, dispuesto a mirar. La música suena otra vez, el gris de tristeza se dispara por entre la luz poderosa y ya nadie puede negar, ni yo mismo, que la vida que se registra abandonando la fragilidad de la memoria ya no es tan bella así, tal como fue.

Apago las luces y dejo una vez más que esos fantasmas de celuloide me nublen la mirada con aquella misma vieja emoción.

Leído en la apertura del programa 153

jueves, 12 de diciembre de 2013

Mr. Gray

Los criados escuchan un grito y entran.

El retrato conserva la frescura de la adolescencia.

A su lado en el piso un hombre apuñalado en el corazón lleno de arrugas.

Triste destino el de ser reconocido sólo por los anillos.

Leído en la apertura del programa 179


jueves, 5 de diciembre de 2013

Ciego revolución

Entre los tuertos, el ciego es súbdito.

Y nada más conveniente para el rey, que sus vasallos no vean. O como diría el más listo del condado, "que no lo vean". Que no sepan qué viste, cómo camina, en qué menesteres se ocupa y, cosa fundamental, que no sepan cómo el monarca los mira con su ojo único.

Pero ya se sabe: al perder uno de los sentidos, los cuatro restantes se desarrollan de manera especial. El tacto se hace más sensible aun, el olfato se refina, el gusto se depura y el oído se vuelve una conexión extraordinariamente vital con el mundo.

Y claro, es posible también un milagro: que el ciego recupere la vista, y de ambos ojos. Y vuelva a ver.

Suelen llamar a eso, revolución.

Leído en la apertura del programa 152