viernes, 29 de noviembre de 2013

Ciudad propia

Una ventana al paisaje urbano.

La vereda, el árbol, la calle con adoquines colándose por entre el asfalto desgastado de tanto anticipo de pozo eterno. La boca de tormenta sigue ahí agazapada, amenazante y traicionera, tan segura como está de que nadie la tendrá en cuenta hasta la próxima lluvia fuerte, cuando todo vuelva a anegarse por culpa de la basura que la tapa. Pero ella no teme: en cuanto baje el agua vuelve al anonimato.

Los pájaros, modelo animal de resistencia fútil, siguen en su esfuerzo sobrehumano -sobrepajaruno, a decir verdad- por sostener su atavismo a ultranza frente a nuestra invasión reciente y tecnófila. Y siguen, como si nada, cantándole al amanecer y a la puesta del sol.

Y así se nos va haciendo cierta la ciudad. Dura y difícil en ocasiones, atractiva de puro pintoresca las más, refugio e intemperie ya en secuencia, ya superpuestos, depende.

Una ciudad, si es propia suele estar vagamente ausente en la presencia y fuertemente presente en la ausencia. Pero ella nunca se queja: simplemente está, siempre presta a ayudar anudando nuestros recuerdos.

Leído en la apertura del programa 151

lunes, 4 de noviembre de 2013

El fósforo y la felicidad

Anoche me fui a dormir convencido de que hoy finalmente sería feliz, tanto que lo vengo postergando.

Pero esta mañana, cuando desperté y fui directo a calentar el agua, al encender el fósforo se encendió también mi comprensión del asunto: la reticencia de la felicidad por apersonarse en mi vida se debe seguramente al hecho de haber vivido con el convencimiento de que la felicidad es un don, uno que se recibe como se recibe el aire en el acto mismo de respirar.

He sufrido, por lo tanto, la negligencia de quedarme esperando a que la felicidad llegue.

Me visto elegante, le preparo mesa en casa, pongo flores en el florero para ella, acomodo los cubiertos para los dos y me paro en la puerta a esperarla sin aguardar a toque el timbre. Pero nada. La felicidad no llega.

De allí mi asombro: sucedió esta mañana que junto con el fósforo se encendió mi comprensión del asunto. Ahora veo que debo cambiar de estrategia. 

Es tiempo entonces de dejar de esperar. Y buscar de una buena vez, ser feliz.

Leído en la apertura del programa 149

sábado, 2 de noviembre de 2013

Desigualando

Lucen iguales. Y aunque sonríen como iguales sus ojos gritan algo diferente.

Van marcados con las marcas que el mercado mercadea, mercantilizados todos ellos a favor de sus marquetizadas pobrezas. Se saludan del mismo modo, se fotografían del mismo modo y con las mismas poses, se peinan masculinamente y femeninamente iguales, se corbatéan y encarteran con los mismos sufridos elementos ajados por la moda que los modela sin modelos y en moldes. 

Cantan, hablan, gritan, enojan, se enojan, pelean, detestan y felicitan con la misma insulsa mueca. Vaya uno a saber en donde se desalmaron, a juzgar por las relaciones públicas alimonadas que evocan sin invocar.

¿Qué hacer para ser aún más desamados, menos destacables, más copia fiel? Tal vez nada. Acorrentados y adocenados, desalmonados a favor de la corriente, la indecencia de la obsesión por ser diferentes entre iguales los estampilla y los devuelve despintados al remitente que los empaquetó.

'Hagamos la guerra y no el amor', asimilan decir. Qué más da. Ya seriados, no hay otra distinción entre ellos que el número que portan. Cuando comienzan a jadear, una pinza como de parque de diversiones los toma e intercambia por otro alguno que siga dormido pero respirante.

¿Yo? Yo no quiero mirar verlos más. Se me cansan los ojos de tanto mismo. Quiero aquello que me revive, me resueña, me recompone a fuerza de malambearme el alma. Para seguir despierto. Para seguir pensando en el amor.

Y amar desigualando.

Leído en la apertura del programa 148